17 septiembre, 2009

ATEOPOLITEÍSTA

Tomé el auto a eso de las 12.00 del sábado. Me dijeron que por avenida Los Leones derecho hacia el sur era lo más fácil.


Horas después, ya de noche, pensaba en lo difícil de ser ateo en el lugar donde estaba. También monoteísta. Ví y escuché cosas no sujetas a taxonomía alguna por la razón. Lejos de la ciudad, del confort de la casa, del orden de las paredes, de ruidos y visualidades fabricadas, ajustadas y re conocidas, lejos del alcance de la mano, y eso que no estaba tan lejos.

Llegué como a las 14. En cosa de segundos los olores me transportaron bruscamente a los 10. Las lavandas, la melisa y el del almacén donde compré empanadas. Durante muchos años fue el lugar de vacaciones, bello, grandioso, donde nos llevaron mis padres.

Instalé mi carpa a los pies de la montaña, muy cerca del río ladeado por grandes piedras que formaban camas naturales a las que el cuerpo se amoldaba sin resistencia. Probé tres, durante 3 horas, rendido al implacable caudal y un calor generoso para la época. Caminé, fumé, tomé y dormité.

Prendí fuego –una de las varias cosas cuya lógica preferí no entender– tras recolectar durante minutos leña y piedras. Abrí el vino y lo puse con un camembert junto al fuego. También agua para un té antes de dormir.

Me inclinaba más por el politeísmo. Lo sobrenatural segmentado en varias piezas, descentralizado, no concentrado, me parecía más creíble, mucho más entretenido y estimulante. Creía mucho más lógico y atractivo la existencia de distintos dioses, nacidos en o desde las más extrañas circunstancias. Me parecían más humanos, dioses que se equivocaran, que sintieran, envidia, celos, ira, que fueran presa de bajas pasiones. Los semidioses o héroes se debatían entre sus dobles personalidades, débiles y emotivos. Todo era menos sublime, más real, cuando cielo y tierra, dioses y mortales, se mezclaban libremente, sin revelaciones, ni enseñanzas codificadas.

Me metí al saco “hecho”, ahumado, con el sonido caudaloso de fondo. Y desperté con pájaros, rayos amarillos, con los pulmones llenos de aire. El té hirviendo, las mandarinas jugosas. Eran las 7. Desarmé y comencé a subir por el torcido camino de tierra. En medio, una larga caída de agua.

Al llegar arriba, la superficie inmensamente blanca, mi cabeza en igual color y acallada, domada por el entorno. A tientas deslizándome, lejos del trazo, a territorio abierto por largas y suaves pendientes, una y otra vez. En blanco, blanco parejo. Un silencio profundo y perturbador –amenazando la cordura– interrumpido por el filo de mis torpes eskís cortando la nieve, colonizando lentamente la montaña.

Allá, elevado, con el sol en frente, las montañas rojas, naranjas, azuladas al final del día. Por las cumbres (andaba el diablo) independiente de ruidos, personas, presiones. Solo, solitario, ermitaño, lobo.


7 comentarios:

Flora dijo...

Loved it, and love it again. Rien à rajouter.

Srta. Bretonia dijo...

Están contenidos en estas líneas, Alberto,Jesús, Buda y Lao Tse. El humano, el maestro, el silencio y el don de fluir.
bienaventurado el que se permitió la experiencia y la sensación aburmadora de tanta claridad.

Anónimo dijo...

Envidiable, no caben comentarios, estoy de acuerdo con ambas

MEFISTO dijo...

extraña conexión, solo que yo veía al volcán...increible...

cuerpodemujer dijo...

Y la once???... alguien resultó acreedor de la marraqueta con palta?

Flora dijo...

YO!!!

Sta. Bretonia dijo...

ppffff esa once es más falsa que billete de 7 lucas.