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07 enero, 2009

LA MEMORIA

Cuando desperté habían robado mi identidad y gran parte del registro de mi memoria. Mis luchas en papel, mis monsergas clamando por un mundo mejor en el que me cuesta creer, mis irregulares ejercicios intelectuales y esputos de inconformismo, esos que dan vergüenza al leerlos tiempo después, mis intentos de aporte o des-aporte a la más formal investigación académica.

Las imágenes del puzzle de mi pasado del cual, pienso, en varios años más sólo veré contornos y alguno que otro destello antojadizo. Miles de fotos allí, algunas cargadas de risa y otras sobre las que cayeron gruesas lágrimas… pura emoción, en bruto, desbocada.

A cada foto su canción. Los soundtrack de mi vida desaparecieron, me los arrancaron de los oídos. Temas inéditos del buen Jeff cantados en tabernas de mala muerte y con los que me levanté del suelo cuando tenía el pecho abierto y el corazón apenas latiendo en mis manos; el mundo de Tiersen, completo, con el que solía evadirme y sentarme en Montmartre a tomar café y, bueno, cerca de 400 otros compañeros de viaje que musicalizaron el espacio íntimo que habita mi yo.

Nuevas melodías vendrán y otras antiguas reaparecerán, almacenadas en una nueva máquina. Nuevas imágenes y nuevas historias; otras antiguas serán recuperadas desde cenizas aún tibias.

No, no es terrible, es sólo un tropiezo. Nada al lado de masivas e irreparables pérdidas de memoria. La quema de libros de la biblioteca de Alejandría, la de la plaza Bebelplatz ordenada por Hitler y, más acá, la de expedientes de las Fuerzas Armadas y del Ministerio de Defensa ordenada por Pinochet (ley 18.771).

Al lado de la incineración se encuentra la censura. Ambas formas terminan, a la larga, por causar un daño irreparable a la memoria. Omitir hechos relevantes en la historia de un país es, simplemente, deformar su historia.

Con un colega terminábamos nuestro trabajo de elaboración de contenidos escolares para una editorial. Una vez diseñados, los libros tuvieron que pasar por la DIFROL (Dirección de Límites y Fronteras de Chile), organismo gubernamental encargado, para estos efectos, de revisar que los mapas y otro tipo de ilustraciones geográficas estén bien utilizados.

¡Sorpresa! Sobrepasando sus funciones naturales, a la DIFROL no le gustó que habláramos de exterminio de las etnias indígenas del sur de Chile, prefería matizar el relato y utilizar, me imagino, eufemismos como desaparición o enfrentamiento (tal como titulaba el Mercurio los asesinatos programados de miembros del FPMR durante la dictadura). Por ello, sugirió, delicadamente, que no autorizaría los libros si es que no se cambiaba el enfoque y se incluía el alcohol y las enfermedades como causas reconocidas y relevantes de muerte (como si la casualidad y los mismos indígenas fueran algo así como responsables de su propio exterminio).

La verdad, Kawashkar, Sélknam y Aónikenk murieron exterminados. Enfermos, cirróticos y una buena cantidad a balazos y envenenados. Lo cierto es que el hombre blanco rompió el equilibrio natural que los indios tenían con su medio. El sometimiento y desarraigo que padecieron terminaron por aniquilarlos.

En la foto aparece Julius Popper, rumano, cazador de indios y líder de varias matanzas en Tierra del Fuego. A sus pies, bajo los rifles, yace muerto un joven sélknam, a los que se les solía cortar la oreja para cobrar una recompensa.

Por suerte queda registro de ello. Confío en que aún sea posible componer la memoria.